Hace dos semanas tuve que ir a hacerme exámenes a un Centro Médico. Luego de sacarme sangre, una enfermera me pidió “hacer pipisito”. Le expliqué que, siguiendo las instrucciones que ellos mismos me habían dado, no había tomado líquidos en 12 horas, por lo que me era totalmente imposible cumplir con lo que me pedía. La mujer empezó a hablarme como si fuera un infante: “ya pues, si cuando uno quiere hacer pipisito es cosa de hacer fuerza, no sea mañosito”. Yo le explicaba que no podía, pero el diálogo se estiró más de lo recomendable, rondando siempre en conceptos similares. Estábamos en el medio de la sala de espera, y noté que quienes estaban sentados a nuestro alrededor –en su mayoría señoras de contextura gruesa, con la mirada fija en el matinal– empezaron a interesarse en nuestra conversación, apoyando con gestos notorios la actitud de la enfermera, que motivada por ese refuerzo seguía con más fuerza en lo suyo: “Haga fuercesita con la guatita, cierre los ojitos, el pipisito va a salir solo” “Tiene que poner de su parte para que esto resulte”. A mis 26 años, me estaba quedando sin argumentos, pero con la certeza de que si no hay ganas es imposible ir al baño. Le pedí tomar agua. Me dijo que sí, pero me advirtió que si tomaba mucho “el pipisito podía salirme diluido, y no le iba a servir al doctor”. El público de la sala de espera a esas alturas estaba absolutamente involucrado en lo nuestro. La enfermera me pasó ceremoniosamente un pequeño vaso de plástico blanco con agua extraída de un dispensador, y me quedó mirando mientras me lo tomaba, de un sorbo. Apenas terminé me preguntó a quemarropa: “Y ahora, ¿Quiere hacer pipisito?”. “Todavía no”, le respondí, y nos quedamos mirando fijamente, en silencio, casi cuarenta segundos. Entonces la enfermera me dijo que tenía que ir al banco, que me iba a dejar solo, que si quería tomaba más agua, pero que resolviera el asunto como pudiera, porque ella “no me iba a ayudar más”. Me paso un frasco para la orina y se fue. Me senté en la sala de espera, al lado del dispensador, a esperar aquello que hasta ese momento me parecía una utopía: ir al baño. Al lado mío, una vieja me dijo resuelta: “mijito, sentado no le van a dar ganas nunca. Tiene que ponerse a saltar”. Mire a mi alrededor. Todas las otras viejas asentían con la cabeza. No me quedaba otra salida. Me tome dos vasos de agua más, y si bien no salté, me puse a caminar resueltamente por toda la habitación. Cuando entré al baño, noté una exhalación de alivio de toda la sala de espera. Al salir incluso me permití mostrar mi obra –el frasco de contenido amarillo– a la concurrencia. La enfermera seguía sin llegar. Estaba apurado, necesitaba hacer algo. Entonces la vieja del consejo me dijo: “Yo se lo entrego a la enfermera a lo que vuelva. Pásemelo”. Le hice caso. Me fui del Centro Médico con decisión. Al mirar atrás vi que el frasco pasaba de manos entre mis espectadoras, que lo analizaban moviéndolo levemente, como si se tratara de un vino de selección. Los exámenes salieron buenos. Menos mal.
Por Gerardo Saldías
martes, 23 de diciembre de 2008
jueves, 11 de diciembre de 2008
El mapa
Recién comprendió su extravío al ver el mapa, porque el lugar le era totalmente familiar: sus casas, las calles, la misma plaza. Incrédulo y atónito, lo revisó nuevamente. Lo mismo: estaba en la intersección que se indicaba, pero no en el lugar que él reconocía. Repentinamente, se halló en la desconcertante situación de quien asiste al desmoronamiento de sus propias certezas. Optó entonces por buscar -ya en un acto que comprendía reñido con la lógica- el lugar donde creía se encontraba (su última esperanza era estar efectivamente ahí; que sólo se tratase de un cambio en el nombre de las calles). Tembloroso, situó su índice sobre el papel. Con escalofriante, desesperada sorpresa, lo encontró: la intersección existía y se hallaba a no demasiadas cuadras.
El resto, es lo que logré saber ya con posterioridad: Se le había visto corriendo, agitadísimo. Decían que llevaba la cara desfigurada por la desesperación.
Lo que nunca sabré es hacia donde corría: si en dirección a ese lugar o arrancando de él.
Por Justo A. Prieto
El resto, es lo que logré saber ya con posterioridad: Se le había visto corriendo, agitadísimo. Decían que llevaba la cara desfigurada por la desesperación.
Lo que nunca sabré es hacia donde corría: si en dirección a ese lugar o arrancando de él.
Por Justo A. Prieto
viernes, 5 de diciembre de 2008
La tercera ronda
Nunca habían tenido la decisión para decírselo. Pero esta vez el alcohol decidió por ellos: una tarde de bar - que parecía sencillamente otra cualquiera - el menos borracho impertinentemente enunció: “Jimmy, la verdad es que cada jueves te esperamos. Y sí, no se trata de un encuentro casual: te esperamos. Fingimos estar tomando para que cuando tú llegues, nos invites con la ilusión de estar convidando una segunda ronda, y con la sutil culpa de quien de alguna manera llega a alterar un orden ya establecido, calmo y sereno. Tu leve incomodidad ha sido nuestra mejor coartada. Quien cree importunar está lejos de pensar que se le espera. Y así, semana a semana, mes a mes, hemos bebido a tus expensas. Creo que ya era hora de contarte la verdad”.
Se le vio turbado, como nunca. Sus ojos enrojecieron, brillando. Miró al cantinero y por vez primera, pidió una tercera ronda, para todos. Con voz muy baja, monótonamente, balbuceó: “Salud… por las penas que también se pasan tomando”.
Por Justo A. Prieto
Se le vio turbado, como nunca. Sus ojos enrojecieron, brillando. Miró al cantinero y por vez primera, pidió una tercera ronda, para todos. Con voz muy baja, monótonamente, balbuceó: “Salud… por las penas que también se pasan tomando”.
Por Justo A. Prieto
jueves, 4 de diciembre de 2008
Cotidianas
He nacido y he cometido mis mejores errores en Santiago. He desperdiciado casi todo mi tiempo aquí desde donde escribo, a veces gozosamente, a veces a pura angustia. Ese bagaje me permite asegurar que no es tiempo perdido aquel que se gasta en ver transitar a las meseras del Caffeto por entre las mesas, desde la cocina, hacia la caja registradora. Vistiendo de riguroso negro, cada una representa una forma de ser mujer. Es tan fácil como tomar una mesa en la terraza que da a Pedro de Valdivia, casi al llegar a Providencia, y esperar agitando el sobre del azúcar que empiece la danza ritual de la que sea que te toque ese día. Una tiene caderas anchas, pelo rubio, mirada desafiante, altura privilegiada, brazos decididos, delineados, rápidos. Otra tiene porte, cara y proporciones chilenas, pero sabe mostrar una cintura que invita a pensar en mundos mejores y búsqueda desesperada de mieles y praderas, dunas o moteles. Otra parece una brasileña descuidada, hija de esclava cantora con norteamericano republicano, es desenfadada, y no sólo por los tatuajes que usa; además estila mirarte a los ojos con entusiasmo y sin tregua. La última aparece desde la cocina, cuando alguna se enferma, y aunque es fea y nunca sonríe genera, por contraste, la sensación de que eres un cliente muy afortunado el resto del tiempo. Ninguna es demasiado simpática ni toma la palabra si no les has dado pie, actitud que se valora de los mozos especialmente en tiempos en que cualquier pendeja del Starbucks se permite tratarte por tu diminutivo. Aquí, por el contrario, te hacen sentir dominador, discreto, elegante, parco, seductor, extranjero, taurino. Les recomiendo tomar un libro agradable y pedir un café cortado, que en ese lugar tiene todo lo que se necesita: dos colores que se mezclan al mover la cuchara, una espuma blanca y sustanciosa, la temperatura precisa para esperar un par de minutos el primer sorbo, ese que marca la tendencia del día. Después, todo fluye fácil: las tres galletitas recién horneadas, el vaso de soda helada, el tránsito irresoluto de la gente que puebla las veredas en busca de estar más cerca de algo.
Por Gerardo Saldías
Por Gerardo Saldías
miércoles, 26 de noviembre de 2008
El estreno
Tenía que decidirse. De una vez por todas, tenía que hacerlo. De una buena vez y para siempre. Para cuando por fin llegó el momento, subió por la escalera, lleno ya de convicción. Sus pies sonaban firmes contra los peldaños de madera. Alcanzó la plataforma escuchando como se encendía de algarabía la multitudinaria audiencia.
– Mierda, mierda, mierda - balbuceó irónicamente, con voz queda. Su frente transpiraba, al fin llegaba el imaginado instante, el motivo de su desvelo.
Se arrodilla, una tranca de madera es posada sobre su cabeza, ya cubierta.
Escucha la orden, pero no el sórdido sonido de su cabeza golpeando contra el suelo.
Por Justo A. Prieto
– Mierda, mierda, mierda - balbuceó irónicamente, con voz queda. Su frente transpiraba, al fin llegaba el imaginado instante, el motivo de su desvelo.
Se arrodilla, una tranca de madera es posada sobre su cabeza, ya cubierta.
Escucha la orden, pero no el sórdido sonido de su cabeza golpeando contra el suelo.
Por Justo A. Prieto
sábado, 22 de noviembre de 2008
La dedicatoria
La dedicatoria, Pía, es con grafito. Y es con grafito por que este libro no te lo regalo: se trata sólo de un préstamo. Esta dedicatoria durará hasta que un buen día, luego de la piscina, me lo devuelvas. Me es inevitable recordar aquí a mi abuelo diciendo: “para tener una buena biblioteca, nunca prestes un libro; nunca devuelvas un libro”.
Pero contigo Pía, como también ya te lo dije, haré una excepción. Y no sé muy bien por qué, pero la haré. Desobedeceré el consejo ancestral y te entregaré este libro a la salida de la piscina, entre esperando que te sirva y que te guste, y que me lo devuelvas.
Y así poder borrarla, partiendo por esta última palabra.
Por Justo A. Prieto
Pero contigo Pía, como también ya te lo dije, haré una excepción. Y no sé muy bien por qué, pero la haré. Desobedeceré el consejo ancestral y te entregaré este libro a la salida de la piscina, entre esperando que te sirva y que te guste, y que me lo devuelvas.
Y así poder borrarla, partiendo por esta última palabra.
Por Justo A. Prieto
martes, 18 de noviembre de 2008
El reflejo
Saliendo de casa sabía que correría para alcanzar la micro. Su imagen quedaba retenida en el paso por frente al espejo del lavabo; sucedía que demoraba en desvanecerse. Su mujer constantemente advertía de la necesidad de cambiarlo. Él no la escuchaba. Tampoco podía, por lo demás, verse retenido.
Su último gesto se aquietó más que de costumbre: ella se intranquilizó, llamó a la oficina, a donde no había llegado. Había muerto atropellado cuando comía y corría y casi la alcanzaba.
Por Justo A. Prieto
Su último gesto se aquietó más que de costumbre: ella se intranquilizó, llamó a la oficina, a donde no había llegado. Había muerto atropellado cuando comía y corría y casi la alcanzaba.
Por Justo A. Prieto
Paradojas y otras pajas
Texto de Justo A. Prieto
Sección Paradojas
Introducción
La inquietud por escribir en torno a lo paradójico nació hace alrededor de veinticinco años atrás, en mi menos tierna infancia (la que está por pasar a la pubertad). Allí una inquietante pregunta surgió sin ser respondida. Muchos años después, con la pregunta ya resuelta, dilucidé que esa interrogante se constituye hoy como la primera paradoja que recuerdo, hito fundacional del interés que desde, al menos, hace ya unas dos o tres semanas que arrastro. Sucedió en una ida al cine con mi abuelita. Se trataba de la Guerra de las Galaxias de Lucas (muchas de hecho…). Al salir de la sala ví un cartel, donde Hand Solo estaba rodeado por sus partners aventureros. Como pie de imagen se leía: “Hand Solo y sus amigos”.
En inglés, gracias a la carencia de distinción entre ser y estar, se verifica la verdadera potencia de la paradoja: Hand was Solo (in the double sense of being alone and being of some lastname) or with his friends (at least it`s difficult to be Solo and with his friends simultaneously).
Capítulo Primero y Último.
- La paradoja del borracho: que mientras más tomai, más te secai. (1)
- La paradoja de la salsa de soya etiquetada en inglés en el caso del consumidor hispano-hablante (no se deje engañar con la aparente especificidad de la presente paradoja: en realidad posee infinitas aplicaciones): que la salsa de soya no es tal, sino sauce (una versión más freudiana para la misma paradoja corrige ese no ser de la salsa con un, en rigor, no sentirse identificada, con lo que la paradoja se vuelve aún más fome, lo que nos obligó a optar por la versión menos docta).
- La paradoja del mentiroso: yo siempre miento (hubiese bastado añadirle salvo esta excepción, para que el listado de paradojas se hubiese librado del presente ejemplo. Sin embargo, la presente paradoja tiene el mérito de ser una de las más didácticas y triviales, por lo que usted, en realidad, debiera de estar agradecido).
- Que todo junto se escribe separado y separado todo junto.(2)
- La paradoja del peluquero del pueblo que afeitaba a todo quien no se afeitase a si mismo: si se afeitaba, entonces no se afeitaba y si no se afeitaba entonces se afeitaba (descuide si en sus primeras relecturas de la presente paradoja no consigue dar con sentido alguno: sucede que ésta esta reservada a expertos. Por si esto le causase algún menoscabo en su ego, ponemos a continuación otra paradoja que comparte la estructura de la anterior pero que le hará mucho más comprensible el dilema. Se titula la paradoja del panadero del pueblo, quien cocinaba pan a todo quien no se cocinase (pan) para si mismo: si se cocinaba, entonces no se cocinaba; si, en cambio, no se cocinaba, entonces se cocinaba.(3)
- La paradoja de la guerra del pacífico.
- La paradoja de la agüita: que la perra y la pura son la misma cosa.
- La paradoja Facebookiana: que las fotos del perfil son siempre de frente.
(1) Descuidando, a nuestro juicio, toda sensatez, hay quienes aseguran que la presente paradoja deriva de un afamado chiste de Condorito (aquel de Garganta de Lata, quien después de pedirse 5 whiskeys, sólo se pide 4 y luego 3, y así… Ya cayéndose de borracho dice no entender nada: “mientras menos tomo más me curo” Plop!. Dada la dificultad para discernir entre paradojas y aforismos, dichos o chistes, luego de nuestra basta experiencia, concluimos que para el último de estos casos, vale decir para lograr distinguir entre una verdadera paradoja y un chiste existe un método tan infalible como revelador: cuéntela a sus amigos. Si nadie se ríe es paradoja.
(2) No tenemos, a ciencia cierta, seguridad en la condición de paradoja del presente aforismo: además el experto en paradojas se encuentra de viaje, por lo que nos fue imposible contactarlo. (Nota del autor)
(3) Es recién en esta última edición de PARADOJAS Y OTRA PAJAS que nos decidimos a revelar el carácter críptico de esta última paradoja. Ello debido a las infinitas cartas, mails y chuchadas que recibíamos en la calle. Agradecemos aquí el incentivo y se la dedicamos a todos ellos. (Nota del autor)
Sección Paradojas
Introducción
La inquietud por escribir en torno a lo paradójico nació hace alrededor de veinticinco años atrás, en mi menos tierna infancia (la que está por pasar a la pubertad). Allí una inquietante pregunta surgió sin ser respondida. Muchos años después, con la pregunta ya resuelta, dilucidé que esa interrogante se constituye hoy como la primera paradoja que recuerdo, hito fundacional del interés que desde, al menos, hace ya unas dos o tres semanas que arrastro. Sucedió en una ida al cine con mi abuelita. Se trataba de la Guerra de las Galaxias de Lucas (muchas de hecho…). Al salir de la sala ví un cartel, donde Hand Solo estaba rodeado por sus partners aventureros. Como pie de imagen se leía: “Hand Solo y sus amigos”.
En inglés, gracias a la carencia de distinción entre ser y estar, se verifica la verdadera potencia de la paradoja: Hand was Solo (in the double sense of being alone and being of some lastname) or with his friends (at least it`s difficult to be Solo and with his friends simultaneously).
Capítulo Primero y Último.
- La paradoja del borracho: que mientras más tomai, más te secai. (1)
- La paradoja de la salsa de soya etiquetada en inglés en el caso del consumidor hispano-hablante (no se deje engañar con la aparente especificidad de la presente paradoja: en realidad posee infinitas aplicaciones): que la salsa de soya no es tal, sino sauce (una versión más freudiana para la misma paradoja corrige ese no ser de la salsa con un, en rigor, no sentirse identificada, con lo que la paradoja se vuelve aún más fome, lo que nos obligó a optar por la versión menos docta).
- La paradoja del mentiroso: yo siempre miento (hubiese bastado añadirle salvo esta excepción, para que el listado de paradojas se hubiese librado del presente ejemplo. Sin embargo, la presente paradoja tiene el mérito de ser una de las más didácticas y triviales, por lo que usted, en realidad, debiera de estar agradecido).
- Que todo junto se escribe separado y separado todo junto.(2)
- La paradoja del peluquero del pueblo que afeitaba a todo quien no se afeitase a si mismo: si se afeitaba, entonces no se afeitaba y si no se afeitaba entonces se afeitaba (descuide si en sus primeras relecturas de la presente paradoja no consigue dar con sentido alguno: sucede que ésta esta reservada a expertos. Por si esto le causase algún menoscabo en su ego, ponemos a continuación otra paradoja que comparte la estructura de la anterior pero que le hará mucho más comprensible el dilema. Se titula la paradoja del panadero del pueblo, quien cocinaba pan a todo quien no se cocinase (pan) para si mismo: si se cocinaba, entonces no se cocinaba; si, en cambio, no se cocinaba, entonces se cocinaba.(3)
- La paradoja de la guerra del pacífico.
- La paradoja de la agüita: que la perra y la pura son la misma cosa.
- La paradoja Facebookiana: que las fotos del perfil son siempre de frente.
(1) Descuidando, a nuestro juicio, toda sensatez, hay quienes aseguran que la presente paradoja deriva de un afamado chiste de Condorito (aquel de Garganta de Lata, quien después de pedirse 5 whiskeys, sólo se pide 4 y luego 3, y así… Ya cayéndose de borracho dice no entender nada: “mientras menos tomo más me curo” Plop!. Dada la dificultad para discernir entre paradojas y aforismos, dichos o chistes, luego de nuestra basta experiencia, concluimos que para el último de estos casos, vale decir para lograr distinguir entre una verdadera paradoja y un chiste existe un método tan infalible como revelador: cuéntela a sus amigos. Si nadie se ríe es paradoja.
(2) No tenemos, a ciencia cierta, seguridad en la condición de paradoja del presente aforismo: además el experto en paradojas se encuentra de viaje, por lo que nos fue imposible contactarlo. (Nota del autor)
(3) Es recién en esta última edición de PARADOJAS Y OTRA PAJAS que nos decidimos a revelar el carácter críptico de esta última paradoja. Ello debido a las infinitas cartas, mails y chuchadas que recibíamos en la calle. Agradecemos aquí el incentivo y se la dedicamos a todos ellos. (Nota del autor)
En segundos
En segundos llegaría el metro. Ya lo había divisado tras la curva, saliendo del túnel.
Su juego consistía en adivinar el lugar exacto: pararse justo en el lugar donde se abriría alguna puerta del vagón, previo a su detención.
Dos veces había acertado. Ésta fue una de ellas: escogió su posición tras la línea amarilla. En segundos, las puertas lo sorprendían abriéndose exactamente frente a su nariz.
Ni los empujones ni los reproches de quienes bajaban lograron despabilarlo.
Era jueves, y el triunfo lo esperanzaba insospechadamente. Algo de su rutina se había roto, algo vaticinaba, ahora sí, su felicidad.
Por Justo A. Prieto
Su juego consistía en adivinar el lugar exacto: pararse justo en el lugar donde se abriría alguna puerta del vagón, previo a su detención.
Dos veces había acertado. Ésta fue una de ellas: escogió su posición tras la línea amarilla. En segundos, las puertas lo sorprendían abriéndose exactamente frente a su nariz.
Ni los empujones ni los reproches de quienes bajaban lograron despabilarlo.
Era jueves, y el triunfo lo esperanzaba insospechadamente. Algo de su rutina se había roto, algo vaticinaba, ahora sí, su felicidad.
Por Justo A. Prieto
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