Nunca habían tenido la decisión para decírselo. Pero esta vez el alcohol decidió por ellos: una tarde de bar - que parecía sencillamente otra cualquiera - el menos borracho impertinentemente enunció: “Jimmy, la verdad es que cada jueves te esperamos. Y sí, no se trata de un encuentro casual: te esperamos. Fingimos estar tomando para que cuando tú llegues, nos invites con la ilusión de estar convidando una segunda ronda, y con la sutil culpa de quien de alguna manera llega a alterar un orden ya establecido, calmo y sereno. Tu leve incomodidad ha sido nuestra mejor coartada. Quien cree importunar está lejos de pensar que se le espera. Y así, semana a semana, mes a mes, hemos bebido a tus expensas. Creo que ya era hora de contarte la verdad”.
Se le vio turbado, como nunca. Sus ojos enrojecieron, brillando. Miró al cantinero y por vez primera, pidió una tercera ronda, para todos. Con voz muy baja, monótonamente, balbuceó: “Salud… por las penas que también se pasan tomando”.
Por Justo A. Prieto
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