He nacido y he cometido mis mejores errores en Santiago. He desperdiciado casi todo mi tiempo aquí desde donde escribo, a veces gozosamente, a veces a pura angustia. Ese bagaje me permite asegurar que no es tiempo perdido aquel que se gasta en ver transitar a las meseras del Caffeto por entre las mesas, desde la cocina, hacia la caja registradora. Vistiendo de riguroso negro, cada una representa una forma de ser mujer. Es tan fácil como tomar una mesa en la terraza que da a Pedro de Valdivia, casi al llegar a Providencia, y esperar agitando el sobre del azúcar que empiece la danza ritual de la que sea que te toque ese día. Una tiene caderas anchas, pelo rubio, mirada desafiante, altura privilegiada, brazos decididos, delineados, rápidos. Otra tiene porte, cara y proporciones chilenas, pero sabe mostrar una cintura que invita a pensar en mundos mejores y búsqueda desesperada de mieles y praderas, dunas o moteles. Otra parece una brasileña descuidada, hija de esclava cantora con norteamericano republicano, es desenfadada, y no sólo por los tatuajes que usa; además estila mirarte a los ojos con entusiasmo y sin tregua. La última aparece desde la cocina, cuando alguna se enferma, y aunque es fea y nunca sonríe genera, por contraste, la sensación de que eres un cliente muy afortunado el resto del tiempo. Ninguna es demasiado simpática ni toma la palabra si no les has dado pie, actitud que se valora de los mozos especialmente en tiempos en que cualquier pendeja del Starbucks se permite tratarte por tu diminutivo. Aquí, por el contrario, te hacen sentir dominador, discreto, elegante, parco, seductor, extranjero, taurino. Les recomiendo tomar un libro agradable y pedir un café cortado, que en ese lugar tiene todo lo que se necesita: dos colores que se mezclan al mover la cuchara, una espuma blanca y sustanciosa, la temperatura precisa para esperar un par de minutos el primer sorbo, ese que marca la tendencia del día. Después, todo fluye fácil: las tres galletitas recién horneadas, el vaso de soda helada, el tránsito irresoluto de la gente que puebla las veredas en busca de estar más cerca de algo.
Por Gerardo Saldías
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2 comentarios:
Buenos relatos justo, o debería decir Daniel?
Me gustaron en todo caso, a pesar de tanta discreción
Justo Daniel no es.
Atte.
Justo
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