martes, 23 de diciembre de 2008

Cotidianas (en clave personal)

Hace dos semanas tuve que ir a hacerme exámenes a un Centro Médico. Luego de sacarme sangre, una enfermera me pidió “hacer pipisito”. Le expliqué que, siguiendo las instrucciones que ellos mismos me habían dado, no había tomado líquidos en 12 horas, por lo que me era totalmente imposible cumplir con lo que me pedía. La mujer empezó a hablarme como si fuera un infante: “ya pues, si cuando uno quiere hacer pipisito es cosa de hacer fuerza, no sea mañosito”. Yo le explicaba que no podía, pero el diálogo se estiró más de lo recomendable, rondando siempre en conceptos similares. Estábamos en el medio de la sala de espera, y noté que quienes estaban sentados a nuestro alrededor –en su mayoría señoras de contextura gruesa, con la mirada fija en el matinal– empezaron a interesarse en nuestra conversación, apoyando con gestos notorios la actitud de la enfermera, que motivada por ese refuerzo seguía con más fuerza en lo suyo: “Haga fuercesita con la guatita, cierre los ojitos, el pipisito va a salir solo” “Tiene que poner de su parte para que esto resulte”. A mis 26 años, me estaba quedando sin argumentos, pero con la certeza de que si no hay ganas es imposible ir al baño. Le pedí tomar agua. Me dijo que sí, pero me advirtió que si tomaba mucho “el pipisito podía salirme diluido, y no le iba a servir al doctor”. El público de la sala de espera a esas alturas estaba absolutamente involucrado en lo nuestro. La enfermera me pasó ceremoniosamente un pequeño vaso de plástico blanco con agua extraída de un dispensador, y me quedó mirando mientras me lo tomaba, de un sorbo. Apenas terminé me preguntó a quemarropa: “Y ahora, ¿Quiere hacer pipisito?”. “Todavía no”, le respondí, y nos quedamos mirando fijamente, en silencio, casi cuarenta segundos. Entonces la enfermera me dijo que tenía que ir al banco, que me iba a dejar solo, que si quería tomaba más agua, pero que resolviera el asunto como pudiera, porque ella “no me iba a ayudar más”. Me paso un frasco para la orina y se fue. Me senté en la sala de espera, al lado del dispensador, a esperar aquello que hasta ese momento me parecía una utopía: ir al baño. Al lado mío, una vieja me dijo resuelta: “mijito, sentado no le van a dar ganas nunca. Tiene que ponerse a saltar”. Mire a mi alrededor. Todas las otras viejas asentían con la cabeza. No me quedaba otra salida. Me tome dos vasos de agua más, y si bien no salté, me puse a caminar resueltamente por toda la habitación. Cuando entré al baño, noté una exhalación de alivio de toda la sala de espera. Al salir incluso me permití mostrar mi obra –el frasco de contenido amarillo– a la concurrencia. La enfermera seguía sin llegar. Estaba apurado, necesitaba hacer algo. Entonces la vieja del consejo me dijo: “Yo se lo entrego a la enfermera a lo que vuelva. Pásemelo”. Le hice caso. Me fui del Centro Médico con decisión. Al mirar atrás vi que el frasco pasaba de manos entre mis espectadoras, que lo analizaban moviéndolo levemente, como si se tratara de un vino de selección. Los exámenes salieron buenos. Menos mal.

Por Gerardo Saldías

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