viernes, 5 de febrero de 2010

La rosa y el frasco

Pese a no haber podido ir el año pasado, las vacaciones en Frutillar ya se habían vuelto una costumbre. También el hecho de irle a comprar, a pocos kilómetros de la cabaña que arrendamos, mermelada de pétalos de rosa a la Señora Frau (apodo que compartía la redundante gracia de otros como el Té Chai), quien con una austera pero sincera sonrisa nos recibía año a año, haciéndonos la misma inquisitiva, y a la vez inútil, pregunta: ¿se acordaron de traer los frascos? Las excusas compartían siempre la condición de ser aduladoras falacias: “Las hemos disfrutado tan de a poquito, que todavía nos queda”. Mentiras como esa lograban sacarle una sonrisa redentora a la Señora Frau, ocultándole de paso el usual destino que sufrían sus podridas mermeladas al fondo del basurero, tras corta vida útil (llena de orgullo, en su particular y sintético uso del español, Señora Frau siempre se jactaba que en la elaboración de sus mermeladas no utilizaba ningún químico preservante).

Este año, por primera vez, recordamos llevarle los frascos. Orgullosos, partimos donde Señora Frau, ansiosos de conocer su gesto de gratitud o, cuando menos, de completa conformidad.

Al llegar, una rubia nieta nos cuenta que señora Frau había muerto, que si queríamos, la podíamos ir a ver al cementerio anglicano de Frutillar.

Pedí que fuéramos allí.

Al llegar, ingenuamente, seguí el dictamen de lo que se acostumbra y de lo que se tiene más a mano: compré una rosa y la dejé en su tumba, dentro de uno de esos frascos de vidrio, con un poco de agua.

Han pasado ya tres meses y estoy en mi escritorio en Santiago, imaginando esa tumba, el frasco y la rosa. Recién ahora me doy cuenta de que ésa ha sido quizá la última descomposición de pétalos de rosa al interior de uno de los frascos de Señora Frau.

Al parecer, la ofrenda no había consistido en otra cosa sino en redimirnos mutuamente: nosotros, de las mentiras; ella, en cambio, de la podredumbre.



Por Justo A. Prieto