Pese a no haber podido ir el año pasado, las vacaciones en Frutillar ya se habían vuelto una costumbre. También el hecho de irle a comprar, a pocos kilómetros de la cabaña que arrendamos, mermelada de pétalos de rosa a
Este año, por primera vez, recordamos llevarle los frascos. Orgullosos, partimos donde Señora Frau, ansiosos de conocer su gesto de gratitud o, cuando menos, de completa conformidad.
Al llegar, una rubia nieta nos cuenta que señora Frau había muerto, que si queríamos, la podíamos ir a ver al cementerio anglicano de Frutillar.
Pedí que fuéramos allí.
Al llegar, ingenuamente, seguí el dictamen de lo que se acostumbra y de lo que se tiene más a mano: compré una rosa y la dejé en su tumba, dentro de uno de esos frascos de vidrio, con un poco de agua.
Han pasado ya tres meses y estoy en mi escritorio en Santiago, imaginando esa tumba, el frasco y la rosa. Recién ahora me doy cuenta de que ésa ha sido quizá la última descomposición de pétalos de rosa al interior de uno de los frascos de Señora Frau.
Al parecer, la ofrenda no había consistido en otra cosa sino en redimirnos mutuamente: nosotros, de las mentiras; ella, en cambio, de la podredumbre.
Por Justo A. Prieto
3 comentarios:
Excelente relato, realmente logras meter al lector en tus letras. Un gran abrazo.
Muchas gracias Ignacio, un gran abrazo.
¿Y cómo es que Señora Frau logra redimirse de la podredumbre ahora que está en su tumba?
Quizá esa última rosa (en ese primer frasco) se transformó en signo más que en ofrenda.
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