Súbitamente salió por la puerta principal. No avisó que lo hacía, ni produjo el ruido necesario para que alguien se enterara. Pese a que la luz de la luna se filtraba entre las nubes, estaba oscuro, producto de ese gran bosque que proyectaba su sombra sobre el sector de las cabañas.
Tanteó con los pies las irregulares distancias que recordaba limitaban los terrosos peldaños que lo dirigirían al sendero. Luego de unos 30 metros, logró dar finalmente con el inicio de la huella. A partir de ahí, la oscuridad la percibía como absoluta. Se llevó las manos a la cara, intentando discriminar algún cambio lumínico. Entendió entonces que tendría que adentrarse a tientas, de manos y pies. Todo lo asustó: el crujir de las hojas secas aplastadas por sus propios pies, el cambio de resistencia del terreno, el ruido provocado por alguna rama al pasarla a llevar. El susto se convertía en espanto cuando lo provocaba algo ajeno -o a destiempo- de su andar. Avanzaba de manera lenta y ridícula, dibujando sobre el aire líneas verticales con sus brazos y, en la tierra, trazos zigzagueantes con sus pies.
Todo se justificó cuando sus pies hallaron un doble obstáculo que se erguía vertical desde el suelo y, simultáneamente, sus manos se encontraban con un tibio impedimento a la altura de su cabeza.
Ha sido en sus relatos posteriores que comprendió que pánico no era una palabra que lograra describir lo que experimentó.
Hoy, detrás su computador, ensaya, con éste, su sexto intento de reemplazar esa palabra por algo más próximo a lo que en aquella ocasión de verdad sucedió.
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