En vacaciones lo invitaron al sur. Saldría de Santiago por primera vez en muchos meses. Suponía que le haría bien, el aire, el bosque, el lago.
A su tercer día se decidió a caminar por el bosque. Planeaba acortar camino para llegar al pueblo, donde había quedado de juntarse a almorzar, a un par de kilómetros y unos treinta minutos de donde estaba. Salió solo y decidido. Había un sendero demarcado para el turista, que abandonó apenas pudo. Se empezó a adentrar por una huella cada vez más difusa, menos legible. Ya presentía su atraso pero siguió, aún así, empeñado en dar por sus propios medios con la salida. Retornar por la senda era ya difícil y, por lo demás, demoroso. En un momento, sin tener que decidir, abandonó los vestigios de huella. El bosque a ratos se cerraba, dando paso a una húmeda oscuridad (llovía intermitentemente). En medio de esto una impróvida e impertinente música interrumpe, en un vertiginoso in crescendo. Era su celular. Lo llamaba un amigo desde Santiago, por algo en extremo pedestre, in summo carnal; unas cuentas que le debían y que ya le habían depositado, que revisara su cuenta en Internet, que el asunto estaba arreglado.
Nunca le costó tanto dar las gracias. Cortó y miró alrededor.
Se encontró de nuevo en el mismo bosque, igual de mojado y atrasado, pero ahora, doblemente extraviado.
Por Justo A. Prieto
sábado, 7 de febrero de 2009
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