sábado, 13 de noviembre de 2010
Insensatamente
Abstenerse innecesaria e insensatamente... después de algún tiempo, alguien se tendrá que dar cuenta (que teniendo cuenta de Facebook nunca posteaste; que pese a tener un mail, nunca lo ocupaste; que estudiaste tal cosa que nunca ejerciste; que no ignorabas ciertos temas de los que nunca opinaste; de que incluso, alguna vez, tuviste una cámara digital).
Dejaremos a otros tratar de abrirse camino por medios.
Nosotros, nos abocaremos a abstenernos.
Por Justo A. Prieto
domingo, 21 de marzo de 2010
En lugar de pánico
Súbitamente salió por la puerta principal. No avisó que lo hacía, ni produjo el ruido necesario para que alguien se enterara. Pese a que la luz de la luna se filtraba entre las nubes, estaba oscuro, producto de ese gran bosque que proyectaba su sombra sobre el sector de las cabañas.
Tanteó con los pies las irregulares distancias que recordaba limitaban los terrosos peldaños que lo dirigirían al sendero. Luego de unos
Ha sido en sus relatos posteriores que comprendió que pánico no era una palabra que lograra describir lo que experimentó.
Hoy, detrás su computador, ensaya, con éste, su sexto intento de reemplazar esa palabra por algo más próximo a lo que en aquella ocasión de verdad sucedió.
Por Justo A. Prieto
viernes, 5 de febrero de 2010
La rosa y el frasco
Pese a no haber podido ir el año pasado, las vacaciones en Frutillar ya se habían vuelto una costumbre. También el hecho de irle a comprar, a pocos kilómetros de la cabaña que arrendamos, mermelada de pétalos de rosa a
Este año, por primera vez, recordamos llevarle los frascos. Orgullosos, partimos donde Señora Frau, ansiosos de conocer su gesto de gratitud o, cuando menos, de completa conformidad.
Al llegar, una rubia nieta nos cuenta que señora Frau había muerto, que si queríamos, la podíamos ir a ver al cementerio anglicano de Frutillar.
Pedí que fuéramos allí.
Al llegar, ingenuamente, seguí el dictamen de lo que se acostumbra y de lo que se tiene más a mano: compré una rosa y la dejé en su tumba, dentro de uno de esos frascos de vidrio, con un poco de agua.
Han pasado ya tres meses y estoy en mi escritorio en Santiago, imaginando esa tumba, el frasco y la rosa. Recién ahora me doy cuenta de que ésa ha sido quizá la última descomposición de pétalos de rosa al interior de uno de los frascos de Señora Frau.
Al parecer, la ofrenda no había consistido en otra cosa sino en redimirnos mutuamente: nosotros, de las mentiras; ella, en cambio, de la podredumbre.
Por Justo A. Prieto