miércoles, 26 de noviembre de 2008

El estreno

Tenía que decidirse. De una vez por todas, tenía que hacerlo. De una buena vez y para siempre. Para cuando por fin llegó el momento, subió por la escalera, lleno ya de convicción. Sus pies sonaban firmes contra los peldaños de madera. Alcanzó la plataforma escuchando como se encendía de algarabía la multitudinaria audiencia.
– Mierda, mierda, mierda - balbuceó irónicamente, con voz queda. Su frente transpiraba, al fin llegaba el imaginado instante, el motivo de su desvelo.

Se arrodilla, una tranca de madera es posada sobre su cabeza, ya cubierta.
Escucha la orden, pero no el sórdido sonido de su cabeza golpeando contra el suelo.

Por Justo A. Prieto

sábado, 22 de noviembre de 2008

La dedicatoria

La dedicatoria, Pía, es con grafito. Y es con grafito por que este libro no te lo regalo: se trata sólo de un préstamo. Esta dedicatoria durará hasta que un buen día, luego de la piscina, me lo devuelvas. Me es inevitable recordar aquí a mi abuelo diciendo: “para tener una buena biblioteca, nunca prestes un libro; nunca devuelvas un libro”.
Pero contigo Pía, como también ya te lo dije, haré una excepción. Y no sé muy bien por qué, pero la haré. Desobedeceré el consejo ancestral y te entregaré este libro a la salida de la piscina, entre esperando que te sirva y que te guste, y que me lo devuelvas.
Y así poder borrarla, partiendo por esta última palabra.

Por Justo A. Prieto

martes, 18 de noviembre de 2008

El reflejo

Saliendo de casa sabía que correría para alcanzar la micro. Su imagen quedaba retenida en el paso por frente al espejo del lavabo; sucedía que demoraba en desvanecerse. Su mujer constantemente advertía de la necesidad de cambiarlo. Él no la escuchaba. Tampoco podía, por lo demás, verse retenido.
Su último gesto se aquietó más que de costumbre: ella se intranquilizó, llamó a la oficina, a donde no había llegado. Había muerto atropellado cuando comía y corría y casi la alcanzaba.

Por Justo A. Prieto

Paradojas y otras pajas

Texto de Justo A. Prieto

Sección Paradojas


Introducción

La inquietud por escribir en torno a lo paradójico nació hace alrededor de veinticinco años atrás, en mi menos tierna infancia (la que está por pasar a la pubertad). Allí una inquietante pregunta surgió sin ser respondida. Muchos años después, con la pregunta ya resuelta, dilucidé que esa interrogante se constituye hoy como la primera paradoja que recuerdo, hito fundacional del interés que desde, al menos, hace ya unas dos o tres semanas que arrastro. Sucedió en una ida al cine con mi abuelita. Se trataba de la Guerra de las Galaxias de Lucas (muchas de hecho…). Al salir de la sala ví un cartel, donde Hand Solo estaba rodeado por sus partners aventureros. Como pie de imagen se leía: “Hand Solo y sus amigos”.
En inglés, gracias a la carencia de distinción entre ser y estar, se verifica la verdadera potencia de la paradoja: Hand was Solo (in the double sense of being alone and being of some lastname) or with his friends (at least it`s difficult to be Solo and with his friends simultaneously).



Capítulo Primero y Último.

- La paradoja del borracho: que mientras más tomai, más te secai. (1)
- La paradoja de la salsa de soya etiquetada en inglés en el caso del consumidor hispano-hablante (no se deje engañar con la aparente especificidad de la presente paradoja: en realidad posee infinitas aplicaciones): que la salsa de soya no es tal, sino sauce (una versión más freudiana para la misma paradoja corrige ese no ser de la salsa con un, en rigor, no sentirse identificada, con lo que la paradoja se vuelve aún más fome, lo que nos obligó a optar por la versión menos docta).
- La paradoja del mentiroso: yo siempre miento (hubiese bastado añadirle salvo esta excepción, para que el listado de paradojas se hubiese librado del presente ejemplo. Sin embargo, la presente paradoja tiene el mérito de ser una de las más didácticas y triviales, por lo que usted, en realidad, debiera de estar agradecido).
- Que todo junto se escribe separado y separado todo junto.(2)
- La paradoja del peluquero del pueblo que afeitaba a todo quien no se afeitase a si mismo: si se afeitaba, entonces no se afeitaba y si no se afeitaba entonces se afeitaba (descuide si en sus primeras relecturas de la presente paradoja no consigue dar con sentido alguno: sucede que ésta esta reservada a expertos. Por si esto le causase algún menoscabo en su ego, ponemos a continuación otra paradoja que comparte la estructura de la anterior pero que le hará mucho más comprensible el dilema. Se titula la paradoja del panadero del pueblo, quien cocinaba pan a todo quien no se cocinase (pan) para si mismo: si se cocinaba, entonces no se cocinaba; si, en cambio, no se cocinaba, entonces se cocinaba.(3)
- La paradoja de la guerra del pacífico.
- La paradoja de la agüita: que la perra y la pura son la misma cosa.
- La paradoja Facebookiana: que las fotos del perfil son siempre de frente.



(1) Descuidando, a nuestro juicio, toda sensatez, hay quienes aseguran que la presente paradoja deriva de un afamado chiste de Condorito (aquel de Garganta de Lata, quien después de pedirse 5 whiskeys, sólo se pide 4 y luego 3, y así… Ya cayéndose de borracho dice no entender nada: “mientras menos tomo más me curo” Plop!. Dada la dificultad para discernir entre paradojas y aforismos, dichos o chistes, luego de nuestra basta experiencia, concluimos que para el último de estos casos, vale decir para lograr distinguir entre una verdadera paradoja y un chiste existe un método tan infalible como revelador: cuéntela a sus amigos. Si nadie se ríe es paradoja.
(2) No tenemos, a ciencia cierta, seguridad en la condición de paradoja del presente aforismo: además el experto en paradojas se encuentra de viaje, por lo que nos fue imposible contactarlo. (Nota del autor)
(3) Es recién en esta última edición de PARADOJAS Y OTRA PAJAS que nos decidimos a revelar el carácter críptico de esta última paradoja. Ello debido a las infinitas cartas, mails y chuchadas que recibíamos en la calle. Agradecemos aquí el incentivo y se la dedicamos a todos ellos. (Nota del autor)

En segundos

En segundos llegaría el metro. Ya lo había divisado tras la curva, saliendo del túnel.
Su juego consistía en adivinar el lugar exacto: pararse justo en el lugar donde se abriría alguna puerta del vagón, previo a su detención.
Dos veces había acertado. Ésta fue una de ellas: escogió su posición tras la línea amarilla. En segundos, las puertas lo sorprendían abriéndose exactamente frente a su nariz.
Ni los empujones ni los reproches de quienes bajaban lograron despabilarlo.
Era jueves, y el triunfo lo esperanzaba insospechadamente. Algo de su rutina se había roto, algo vaticinaba, ahora sí, su felicidad.

Por Justo A. Prieto