Saliendo de casa sabía que correría para alcanzar la micro. Su imagen quedaba retenida en el paso por frente al espejo del lavabo; sucedía que demoraba en desvanecerse. Su mujer constantemente advertía de la necesidad de cambiarlo. Él no la escuchaba. Tampoco podía, por lo demás, verse retenido.
Su último gesto se aquietó más que de costumbre: ella se intranquilizó, llamó a la oficina, a donde no había llegado. Había muerto atropellado cuando comía y corría y casi la alcanzaba.
Por Justo A. Prieto
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario