En segundos llegaría el metro. Ya lo había divisado tras la curva, saliendo del túnel.
Su juego consistía en adivinar el lugar exacto: pararse justo en el lugar donde se abriría alguna puerta del vagón, previo a su detención.
Dos veces había acertado. Ésta fue una de ellas: escogió su posición tras la línea amarilla. En segundos, las puertas lo sorprendían abriéndose exactamente frente a su nariz.
Ni los empujones ni los reproches de quienes bajaban lograron despabilarlo.
Era jueves, y el triunfo lo esperanzaba insospechadamente. Algo de su rutina se había roto, algo vaticinaba, ahora sí, su felicidad.
Por Justo A. Prieto
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