Tenía que decidirse. De una vez por todas, tenía que hacerlo. De una buena vez y para siempre. Para cuando por fin llegó el momento, subió por la escalera, lleno ya de convicción. Sus pies sonaban firmes contra los peldaños de madera. Alcanzó la plataforma escuchando como se encendía de algarabía la multitudinaria audiencia.
– Mierda, mierda, mierda - balbuceó irónicamente, con voz queda. Su frente transpiraba, al fin llegaba el imaginado instante, el motivo de su desvelo.
Se arrodilla, una tranca de madera es posada sobre su cabeza, ya cubierta.
Escucha la orden, pero no el sórdido sonido de su cabeza golpeando contra el suelo.
Por Justo A. Prieto
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