Llegamos al almacén después de caminar media hora. No habíamos tenido demasiado contacto con gente. A decir verdad, con María llevábamos días conversando solos -me refiero entre nosotros-.
Tocamos el timbre del almacén -que en su puerta tiene pegado un cartel abierto- porque está cerrado. Nos sale a recibir su dueño, Luis. Nos pregunta que en qué nos puede ayudar (según sospecho –nunca lo he podido comprobar- eufemismo criollo). Respondemos que necesitábamos huevos, yogur y mantequilla. Mientras los descuelga de las repisas Luis nos pregunta si vamos a pasar el 18 por allá, que si andamos a pata, que si llevamos linternas, que si no nos asusta toparnos con el león en medio del bosque. Sonreímos; la niña y el caballero que esperan su turno, no lo hacen. Respondo que la verdad no. Le pregunto si acaso alguna vez lo había visto. Me responde que si, hace unos 7 años, en el bosque, que se había quedado helado, que el león lo había mirado y seguido su camino. Recién al rato, había logrado gritar, y moverse, correr. El animal era grande, un adulto. Hasta ahí seguí con interés pero no sin incredulidad su historia. En ese momento, arrebatada y estúpidamente, puse en duda la historia indagando sobre su ponderación. Le pregunto por el tamaño del puma. El león, me dice (casi como si me estuviera corrigiendo)… noo… era grande. Obstinadamente, quise precisar más, alcé mi mano, extendida, a unos 80 cm. del suelo y lo miré levantando un poco las cejas. No sé, me dijo, y ahí recién comprendí.
No importaba realmente si Luis se había encontrado o no con ese puma, tampoco era relevante si existían o no pumas todavía por la zona. Lo que entendí, era que Luis comprendía que su historia, al momento de contarla, ya no era suya, sino de quien la oía. Y sabía, estoy seguro, que al igual que yo, María, el viejo y la niñita que estaban en el almacén, teníamos cada uno una visión ya de su propio animal. Si Luis nos la hubiera desmentido, si Luis no hubiese calzado exactamente con la nuestra, a quien en realidad hubiese estado desmintiendo no era a nosotros, sino a la historia en sí.
Pensó y entregándome la boleta solo dijo, no sé… era un animal grande.
Por Justo A. Prieto
No hay comentarios:
Publicar un comentario